Hubo protestas ayer frente al consulado de Holanda en Estambul. Foto: AFP / Yasin Akgul

PARÍS.- Llevado por su desmesurada ambición de poder, el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan , provocó una nueva crisis con Europa, con el único objetivo de ganar el referéndum del 16 de abril, triunfo que lo autorizará a reformar la Constitución a fin de reforzar los poderes presidenciales.

“Europa está preocupada por la forma brutal en que el presidente turco exporta los problemas internos de su país al resto del continente”, reconoció ayer un diplomático francés.

Aspirante a sultán del siglo XXI, Erdogan parece resuelto a emplear todos los medios necesarios para asegurarse el triunfo. Para ello envió a algunos de sus ministros a recorrer Europa con la misión de movilizar a los cinco millones de turcos que viven en el exterior.

“Si la participación en Turquía es débil, los 300.000 a 400.000 electores de la diáspora pueden aportarle un 1% de votos, lo que puede ser decisivo”, según el politólogo Ahmed Insel. Las tres comunidades turcas más importantes residen en Alemania (tres millones), Francia (650.000) y Holanda (400.000).

El primer incidente estalló cuando el presidente turco acusó a Alemania de utilizar “prácticas nazis”, por haber prohibido varios actos públicos, lo que obligó al ministro de Justicia turco a suspender la gira prevista. “Yo creía que el nazismo había terminado en Alemania, pero lamentablemente continúa”, clamó en un discurso incendiario. Las dos acusaciones fueron rechazadas con desdén por la canciller alemana, Angela Merkel, que las calificó de “absurdas y fuera de lugar”.

A cinco semanas del referéndum, Erdogan está jugando a fondo la carta de la victimización para explotar los sentimientos nacionalistas del electorado turco, que se siente menospreciado y excluido por Europa.

La sangre fría de la canciller alemana, que tuvo una prolongada conversación telefónica con el primer ministro turco, Binali Yildirim, logró calmar las tensiones por un momento, pero 48 horas después las brasas volvieron a inflamarse cuando los bomberos de Hamburgo anularon un acto electoral que debía presidir el canciller turco, Mevlüt Cavusoglu. “La sala no respeta las normas de seguridad contra incendios”, explicaron.

Austria, Suecia y Suiza también anularon en los últimos días los actos previstos por la diáspora turca, argumentando los “riesgos de alteración del orden público”.

Pero el incidente más grave se produjo en Holanda, donde el gobierno impidió que el avión del canciller Cavusoglu aterrizara en el aeropuerto Schipol y luego acompañó a la frontera a la ministra de la Familia, Fatma Betül Sayan Kaya, que había ingresado clandestinamente al país por tierra.

Erdogan volvió a utilizar su artillería pesada al acusar a los holandeses de “fascistas” influenciados por los “vestigios del nazismo”.

“Son declaraciones desatinadas e inapropiadas”, le respondió el primer ministro Mark Rutte, visiblemente disgustado por esa perturbación de la campaña para las elecciones legislativas de pasado mañana.

“Pueden anular el vuelo de mi ministro de Relaciones Exteriores, pero ahora van a ver cómo recibiremos sus aviones en Turquía”, amenazó Erdogan, decidido a explotar ese nuevo regalo del cielo.

Francia, en cambio, comprendió la maniobra turca y evitó caer en la trampa: aceptó que Cavusoglu realizara el acto previsto en Metz, a pesar de que los independentistas kurdos del PKK organizaron una contramanifestación.

La escalada de tensión preocupa a los líderes europeos no sólo por la deriva totalitaria del régimen turco. Una ruptura de relaciones significaría una nueva ola incontrolable de inmigración clandestina hacia la UE, contenida hasta ahora por Erdogan dentro de sus propias fronteras. Una espada de Damocles que el presidente turco sabe utilizar con la destreza de un jenízaro.

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Erdogan exporta su campaña y choca de frente contra la UE
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